viernes, 13 de julio de 2012

"No ignoro que soy feliz y esto me coloca en una posición inquietante. He sido consciente de mi depresión, consciente de mis ganas de morir, consciente del dolor en un parto, de la alegría de la fiesta de casamiento, he vivido con intensidad la sensación extrema, mezcla proporcional de dolor y felicidad, de sentir nacer a mis hijas. Sentirlas salir de mi cuerpo. Todo el momento fue sagrado: los dolores, los olores, los fluídos y los llantos. Los cortes y las confecciones, su boca buscando mi pecho, el primer llanto, sentir que la amo, que es mía, pero que la amaré incluso cuando sea de otro. Todo esto lo he vivido, todo esto pertenece, y permanece, en mi consciencia.
 Apago el motor y miro atrás. Veo dos ángeles. A mi lado el hombre que sabe y quiere amarme. A veces con el cuerpo, siempre con intensidad, siempre con palabra. Ya caminando observo que mi hija mayor, tres años de bendiciones, cada hora, cada pelo, cada pestaña sagrada, se queda en el camino. Me detengo a su lado, mira el cielo y está susurrando. Evitando que me vea, me arrodillo cerca pero no tanto y escucho "estrellita, por favor,cumplime mi deseo. Quiero comer papas fritas. Cumplime mi deseo estrellita, muchas gracias". No importa si son papas fritas, si es Jessy o Woddy, si son puzzles o aplicaciones del iPod, si son abrazos o más horas con mamá. Ella desea. Ella desea y es por eso una persona deseable. Los muertos son los que ya no consiguen desear. Y ella es vida y es luz, es piel y cabello y es ojos verdes y una plegaria a una estrella. Es también papas fritas, es abrazo y sonrisa. Es carcajadas. Ella es vida. Le estás pidiendo un deseo a una estrella? Me mira y la mirada es inocencia, es amor y es vida. Me dice que sí. Y quién te enseñó a pedir deseos a las estrellas? Dora la exploradora. Gracias a Dora que te enseñó algo tan maravilloso, tan delicado y dulce, tan vos, tan vos, hija. Aguanto las lágrimas y la emoción y me pongo al teléfono: ¨Papá, mañana comemos papas fritas". "

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