martes, 20 de noviembre de 2012

Mía

No puedo explicar lo que se siente tener los días contados. Cuando tenés diecinueve años y decidis que vas a morir, los colores se sienten más vivos y los olores por primera vez te llaman la atención. Intentas despedirte de la gente casi sin que se den cuenta. Haces una lista de las cosas que vas a perderte porque ya no vas a estar viva: la lista es casi nula, no hay muchas cosas que te importen. Tus hermanos… sí, tus hermanos te importan y tus padres también. Pero lo que más te importa es que el culpable cumpla su condena. Él me había dejado morir, él podría haberme salvado.

 La mañana siguiente fue como cualquier otra, solo que sentía mi cuerpo más liviano… un pedacito de vida me había abandonado con aquella carta. Aún quedaban muchas por escribir y cuando las terminara por fin iba a pesar lo mismo que una pluma.
En la universidad observé a mis compañeras, a cada una de ellas, y me despedí mentalmente. Mientras me hablaban yo pensaba “¿qué me dirías si supieras que pronto voy a estar muerta?”. No dije nada, la vida tendría que continuar sin mí; la vida iba a continuar sin mí y en aquel momento creía que muchas de aquellas personas de las que me despedía mentalmente siquiera iban a sentir mi falta.


 Por la noche, llamé a Alejandro en medio de una crisis desgarradora de llanto. Quería gritarle: me estoy muriendo, me quedan pocos días de vida, necesito verte, quiero hacer el amor con vos, quiero que me toques, quiero saber que estoy viva. Por favor, abrazame. Acostate al lado mío: quiero entender qué es estar viva; quiero sentir emociones, quiero sentir. No quiero desmayarme cada cinco segundos, quiero vivir. Creo que quiero vivir. Alejandro, salvame.
No le grité nada de eso, simplemente lloré al teléfono y le rogué que viniera a mi departamento.
odavía faltaban algunas cartas. No podía morirme. Eventualmente me quedé dormida en el piso, con los ojos colorados de tanto llorar y con los huesos doliéndome por todo el cuerpo. Aquella noche decidí que no iba a quedarme por Alejandro, que si sobrevivía iba a ser por otra cosa. Pero por supuesto, no iba a sobrevivir. 

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