No puedo explicar lo
que se siente tener los días contados. Cuando tenés diecinueve años y
decidis que vas a morir, los colores se sienten más vivos y los olores
por primera vez te llaman la atención. Intentas despedirte de la gente
casi sin que se den cuenta. Haces una lista de las cosas que vas a
perderte porque ya no vas a estar viva: la lista es casi nula, no hay
muchas cosas que te importen. Tus hermanos… sí, tus hermanos te importan
y tus padres también. Pero lo que más te importa es que el culpable
cumpla su condena. Él me había dejado morir, él podría haberme salvado.
La mañana siguiente fue
como cualquier otra, solo que sentía mi cuerpo más liviano… un pedacito
de vida me había abandonado con aquella carta. Aún quedaban muchas por
escribir y cuando las terminara por fin iba a pesar lo mismo que una
pluma.
En la universidad observé a mis compañeras, a
cada una de ellas, y me despedí mentalmente. Mientras me hablaban yo
pensaba “¿qué me dirías si supieras que pronto voy a estar muerta?”. No
dije nada, la vida tendría que continuar sin mí; la vida iba a continuar
sin mí y en aquel momento creía que muchas de aquellas personas de las
que me despedía mentalmente siquiera iban a sentir mi falta.
Por la noche, llamé a
Alejandro en medio de una crisis desgarradora de llanto. Quería
gritarle: me estoy muriendo, me quedan pocos días de vida, necesito
verte, quiero hacer el amor con vos, quiero que me toques, quiero saber
que estoy viva. Por favor, abrazame. Acostate al lado mío: quiero
entender qué es estar viva; quiero sentir emociones, quiero sentir. No
quiero desmayarme cada cinco segundos, quiero vivir. Creo que quiero
vivir. Alejandro, salvame.
No le grité nada de eso, simplemente lloré al teléfono y le rogué que viniera a mi departamento.odavía faltaban algunas
cartas. No podía morirme. Eventualmente me quedé dormida en el piso,
con los ojos colorados de tanto llorar y con los huesos doliéndome por
todo el cuerpo. Aquella noche decidí que no iba a quedarme por
Alejandro, que si sobrevivía iba a ser por otra cosa. Pero por supuesto,
no iba a sobrevivir.
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