domingo, 10 de marzo de 2013

Gabriel.

Cada vez que suena el teléfono de mi consultorio, sé que del otro lado de la línea alguien me está pidiendo ayuda. Y es allí en donde encuentro mi lugar como analista. En ese espacio que una persona abre entre la angustia y el dolor, entre la impotencia y el deseo de salir de un lugar de sufrimiento. Cuando un paciente (padeciente) viene a mí, sé que me está invitando a compartir un desafío. El desafío de que lo acompañe en un recorrido tan incierto como peligroso: el que lo lleva hacia lo más profundo y secreto de su alma. ¿Qué hay allí? No lo sé. Cada persona es única. Su historia, sus anhelos, sus temores y sus deseos más profundos la convierten en un ser irrepetible, dueño de una verdad oculta que debo ayudarle a develar.
Celos, duelo, culpa, amor, pasión, angustia, estados de crisis y actitudes perversas. La vida y la
muerte. Pero, por sobre todas las cosas, el deseo de luchar y la valentía de personas que decidieron ir
en busca de su verdad para poner fin a tanto padecimiento.
Porque eso es un paciente: alguien que sufre y que a la vez está dispuesto a luchar para dejar de hacerlo: Y en el medio de ese dolor, al tomar conciencia de que solo no puede, llega al consultorio con dudas, temores e imposibilidades. Pero también con confianza. Con la confianza en que pueda ayudarlo a atravezar el momento difícil que está pasando. Para eso me expone su historia, me abre su  vida, me muestra aquello que lo avergüenza y espera, con toda justicia, que yo haga algo con lo que me brinda.

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