sábado, 27 de abril de 2013


"No pretendo cruzarme con nadie que conozco, por eso camino por ahí. Por eso y porque sé que están mis librerías, las que frecuento. Me paro frente a la vidriera, desde la calle, miro todos esos nombres familiares y reconozco las portadas de los libros que ya leí, de los que quiero leer, de los que me da fiaca leer, de los que jamás leería. Los conozco a todos, voy mucho a la librería. Siempre compro algo. A veces ni siquiera es un libro, a veces es una agenda o una lapicera, quizás algún señalador que me gusta.


Entro con vergüenza, siento que los vendedores ya me conocen. Piensan que no tengo vida, que voy demasiado, que no tengo otra cosa mejor que hacer. Piensan que pobrecita, siempre sola, no debe tener familia que la sostenga, que siempre está con ese aire desganado y triste. Piensan todo esto, seguro, pero no dicen nada. A veces ni se acercan a preguntarme si se me ofrece algo. A veces solamente me miran. A veces ni eso, a veces soy parte del paisaje.


Pienso que estoy demasiado triste para escribir mi historia. El asistente de la librería piensa que estoy demasiado sola. El dueño piensa que no está vendiendo lo suficiente. El encargado de publicidad piensa que no le están pagando lo que deberían. Mi estómago piensa que comí, porque lo engañé con gelatina. Mi mamá piensa que estoy en la ciudad con mis amigas. Los devotos piensan que están llegando tarde a misa. Yo pienso que me están mirando mal y salgo de vuelta a la calle."

Cielo Latini

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